lunes, 28 de septiembre de 2026

El placer de lo impermanente

 

El placer de lo impermanente

Hay un capítulo de 1951 de los dibujos animados de Looney Tunes que me encanta y que me sirve perfecto para empezar este artículo.

En él, dos ratones (Hubie y Bertie), siempre en búsqueda de comida, quedan atrapados por azar en una fábrica de quesos. Al principio entran en un éxtasis total de felicidad. Pero al día siguiente, después de pasar la noche entera comiendo queso sin parar, buscan desesperadamente que un gato se los coma, convencidos de que la vida, habiendo tocado esa cúspide de la dicha, ya había perdido todo sentido.



Parece una exageración de dibujo animado, pero llevémoslo a nuestra propia experiencia...

Una de las cosas más deliciosas que podemos comer es un chocolate, ¿cierto? Y cuando alguien nos regala uno muy rico, nos gustaría que fuera una barra gigante que durara para siempre.

Pero fíjate en un detalle: si comiéramos solo chocolate, día y noche, siempre, todos los días... simplemente no podríamos apreciar lo rico que es ese momento especial, porque se volvería cansador, rutinario y hasta terminaríamos odiándolo.

Es muy interesante esto, porque nos demuestra que para sentir placer por algo requerimos que sea finito, impermanente. Requerimos comer cosas más normales, simples o de otros sabores para realmente, en un instante muy acotado, poder disfrutar ese sabor tan delicioso.

El desear y disfrutar está perfecto si entendemos que es un regalo de la vida. El problema es que nuestro ego no se conforma con experimentar, sino que requiere vanamente capturar lo que nos provoca gusto, dicha o seguridad.

Queremos que ese sueldo que conseguimos sea para siempre, que esa pareja de la que nos enamoramos nos haga ver corazones todo el tiempo, que las vacaciones no se acaben nunca, etc.

Eso, en la filosofía budista, se llama Apego, y es considerado uno de los grandes velos e incluso venenos que nos hacen sufrir un montón.

Porque tarde o temprano, por su propia naturaleza, todo cambia. Y como decíamos al principio, sin ese cambio tampoco podríamos realmente disfrutar lo placentero.

Como decía Anthony de Mello:

«Si quieres disfrutar del viento, no intentes embotellarlo: déjalo pasar.»

Apego y deseo

 

Apego y deseo

Como les comentaba en algunas prácticas anteriores, basándonos en la referencia del padre del mindfulness secular, Jon Kabat-Zinn, sobre qué es el despertar, les proponía una revisión de lo que en el budismo se denomina los tres venenos... o velos que obstaculizan nuestra vida para poder acercarnos a ese despertar.

En aquella ocasión partimos hablando de que el primero de ellos era el apego. Esa tendencia profundamente humana de adherirnos a logros, metas, objetos, personas, etc., con la errada ilusión de que aquello nos podría completar y lograr la felicidad. Y entonces también entendíamos la figura que en la rueda del dharma se representa con un gallo, el cual siempre requiere picotear de un lado para otro compulsivamente para no quedar jamás satisfecho.

Aquí quiero invitarlos a observar algo que creo que es importante... Como humanos nunca quedamos satisfechos; todo deseo es efímero. Cuando ya creías que tenías el celular de última generación, la marca ya está lanzando un nuevo modelo y quedaste obsoleto con el tuyo; cuando lograste un mejor sueldo, al tiempo te das cuenta de que no es suficiente y de que tu colega gana más; cuando por fin tienes a esa pareja maravillosa de la que estás enamorado/a, en un momento descubres que tiene un montón de defectos que no habías visto... Y lo mismo se repite con todo.

¿Cuál es nuestra solución por defecto? Seguir picoteando como el gallo, ir por el siguiente celular, puesto de trabajo, vacaciones, pareja, lo que sea, para llenar ese vacío de saco roto.

Recuerdo un estudio de la Universidad de Massachusetts de 1978 sobre personas que habían ganado la lotería, lo que es quizás una de las grandes fantasías placenteras que la mayoría de nosotros tenemos. Al cabo de unos meses de excitación, los ganadores con tendencia a deprimirse volvían a su estado; los que tendían a estresarse, lo mismo; y aquellos más alegres retomaban su estado... pero ahora en versión millonarios. El objeto solo los transformó parcialmente.

Me resulta un tema apasionante ver en este apego la estructura del deseo. Para ello, quien ha reflexionado sobre esto a fondo es el psicoanalista Marc Epstein:

«Lo que el Buda sugirió realmente es que evitar lo esquivo del objeto del deseo es el origen del sufrimiento. El problema no es el deseo, sino aferrarse a él o anhelar un resultado concreto en el que no queda nada, en el que el objeto está totalmente bajo nuestro poder. Como siempre deja claro mi maestro budista, Joseph Goldstein, como objeto de deseo lo que anhelamos causa sufrimiento, pero como objeto de nuestra observación puede llevarnos a despertar. El truco, por lo que respecta al budismo, es aceptar el hecho de que ninguna experiencia puede ser nunca tan completa como desearíamos, que ningún objeto puede satisfacer completamente»

Lo que allí se plantea es que, por su naturaleza, todos nuestros deseos conllevan en su raíz un tanto de insatisfacción. Y eso está perfecto. Incluso maravilloso, diría, porque habla del aprendizaje de nuestra naturaleza y es una linda y sabia lección de vida.

Sin duda, el deseo en todas sus versiones —cada grano que come el gallo— es un regalo de la vida. Pero para disfrutarlo sin apego ni identificación, el budismo nos invita a asimilar que no será para siempre, que, como todo, su naturaleza es impermanente.

Es una invitación a entender que ese momento hermoso se acabará, que un orgasmo no puede ser eterno, ni el sabor de esa comida, ni ese abrazo con alguien a quien amas. Y yendo más lejos aún, si esas sensaciones fueran eternas o permanentes, no serían disfrutables. Su naturaleza efímera es lo que las hace bellas. ¿Si no hubiese contraste, cómo podríamos identificar aquello que nos es significativo?

Como dijo el dramaturgo Somerset Maugham: «Nada en el mundo es permanente, y somos necios cuando pedimos que algo dure, pero seguramente somos aún más necios si no disfrutamos de ello mientras lo tenemos».

Sintetizando entonces, sin pretender abarcar el tema y solo desde una humilde mirada... Aprender a disfrutar nuestra vida, logros y quereres con el deseo como aquel motor que impulsa nuestra vitalidad es del todo coherente... El creer que eso va a completar nuestra vida es el problema; el pretender que colmará nuestro apetito nos encadena a la desilusión.

Pero si podemos acercarnos a disfrutar el momento cuando el fruto entrega el néctar y agradecer por estar vivos y sentir su dulzura... nos puede acercar un poquito a aquello que se denomina el despertar.

¿Distracción o Pensar?

 

¿Distracción o Pensar?

Vivimos en una época donde preferimos la distracción constante antes que detenernos a pensar📱🏃‍♂️

​La neurocientífica Nazareth Castellanos cita un estudio donde la mayoría de las personas prefirieron recibir una pequeña descarga eléctrica antes que pasar 15 minutos a solas con su mente..

​¿Qué vida nos estamos perdiendo por estar siempre distraídos en alguna fantasía o pantalla?

​La invitación del mindfulness es volver aquí. Dejar de huir y empezar a vivir el momento presente.


El Prana de las Cosas

 

El Prana de las Cosas

​La semana pasada hablábamos en las prácticas sobre aquella reflexión de Jon Kabat-Zinn: si la respiración dependiera de nuestra voluntad, hace rato estaríamos muertos. A partir de eso, y pensando en la cadencia autónoma de la respiración, conversamos también sobre cómo en nuestras existencias —y en la totalidad del universo— conviven dos fuerzas. Por un lado, está nuestra mente inteligente, hacedora, voluntariosa y planificadora, que siempre busca resultados para nuestra supervivencia. Por el otro, habita esa energía también inteligente que en el yoga denominamos prana: aquella que nos permite respirar, que hace latir nuestro corazón, circular nuestra sangre y que sostiene un sinfín de funciones autónomas del cuerpo. Es la misma energía que hace girar los planetas, caminar en fila a las hormigas, cambiar las estaciones del año y manifestar millones de cosas más.

​Mientras la energía mental por defecto suele estar sumamente ligada al «yo» —aunque no necesariamente de forma negativa—, la energía pránica funciona sin voluntad personal. Con o sin los seres humanos, esa fuerza e inteligencia seguirían allí.

​La práctica de la meditación y el yoga es una invitación a conectar con esta inteligencia pránica. Por eso intentamos «no hacer» cuando nos extendemos en savasana en el suelo; por eso, al meditar, tratamos de no controlar la respiración y, como decía Gérard Blitz, buscamos salir del «mental» para sentir y desplegar el cuerpo. Esto nos trae una serie de beneficios físicos, mentales y espirituales. Permitir que las cosas sean sin anteponer nuestra intervención hacedora —comenzando por sintonizar con el ritmo natural del cuerpo— es, quizás, la lección más potente de la práctica meditativa.

​Con esto tocamos algo crucial: no estamos desdeñando lo mental ni la maravillosa e innovadora mente humana que —mirando el vaso medio lleno— tanta creatividad y tecnología ha aportado al mundo. Tampoco la estamos ubicando en un peldaño inferior respecto al prana. Quizás la invitación sea más bien a la integración de ambas o, mejor dicho, a que lo mental aprenda a esperar pacientemente los tiempos pránicos. Si esto es así, y para aterrizar lo dicho: ¿tendrán las situaciones mundanas, grandes o pequeñas, su propio timing? ¿Podremos tener la paciencia, como dice Lao Tse, para dejar que el barro se asiente y el agua se aclare?

​Siento que sí; cada situación de la vida nos invita a mirar este asunto. Lo vemos cuando estamos en una conversación y no nos aguantamos las ganas de interrumpir porque queremos imponer lo nuestro; cuando queremos que los demás hagan lo que nosotros necesitamos, o cuando esperamos cierto resultado de un emprendimiento y las cosas no salen como queríamos (algo que ocurre casi siempre), entre tantos otros ejemplos. A mayor ansiedad, mayor es el destiempo.

​El aprendizaje de la meditación se parece mucho a la labor de un surfista profesional. La vida cotidiana es un mar de olas impetuosas: si nos lanzamos antes de que la ola crezca, nuestro impulso será vano e inútil; si, en cambio, nos precipitamos cuando la ola ya está reventando, nos veremos sacudidos y machacados por su fuerza. Hay un momento justo para abordar la ola; un momento precioso en el que, con el esfuerzo correcto, podemos surfear el devenir de las cosas.

​Quien lea esto podría creer que se trata de una extraña exigencia; que debemos sacar una regla y un compás para calcular el segundo exacto en el que abordar cada ola. Pero no parece ser así. No hay un tiempo cronometrado para ese abordaje; pretender que cada instante guarde un microsegundo perfecto sería caer en otra trampa de la autoexigencia, una donde si no aciertas, te vas rodando con el agua.

​Al revés: cuando logramos habitar la calma, en contacto con esa respiración involuntaria y con el pulsar natural de nuestro cuerpo, vamos descubriendo —en un largo pero simple proceso de aprendizaje— cómo entrar de manera más sabia y amable en cada momento. Las respuestas empiezan a revelarse solas: comienzas a ser consciente de tu ansiedad y aprendes a observar qué rocas vale la pena empujar y cuáles no.

​¿Esto te vuelve infalible? ¿Nunca más andas a destiempo? ¿Te libras de meter la pata? Absolutamente para nada. Seguimos siendo sumamente imperfectos; nunca dejamos de ser aprendices de una lección infinita. Aunque sea una paradoja, aceptar que siempre estamos aprendiendo y resbalando puede ser también una manera de abrazar nuestra condición de humanos falibles… y eso, sin duda, también es parte integrante del prana de las cosas

El peso de las palabras: Reflexiones sobre el "Habla Correcta" y la autoridad espiritual

 

El peso de las palabras: Reflexiones sobre el "Habla Correcta" y la autoridad espiritual

Estoy leyendo el nuevo libro de Marc Epstein, el siempre interesante psicoanalista vinculado al budismo, titulado "Aquí no se dan consejos".

No recuerdo haberme enojado tanto con un autor como me ocurrió con este escrito, y eso que admiro profundamente su obra. Me explico: en un capítulo, Epstein relata un retiro que realizó junto a su esposa, Arlene. Ella atravesaba un momento muy duro debido a la inminente muerte por cáncer de una joven y querida amiga. Con esa carga a cuestas, Arlene se acercó al maestro del retiro —contrariada y entre lágrimas— en busca de consuelo. La respuesta del maestro fue tajante: "Deja de hacer un drama de esto".

Epstein narra que esta experiencia fue reveladora para su esposa; afirma que la puso en contacto con la naturaleza efímera e impermanente de la existencia y que supuso una verdadera epifanía para abordar el duelo. Más adelante, el autor aborda otro caso en el que un maestro entrega una "lección" igualmente ruda a un discípulo.

Ante esto, me pregunto: ,¿Por qué otorgamos esa licencia a un "maestro" para hablarle a otro adulto con tal severidad y convicción?, ¿Qué sabiduría adquirida puede justificar ese nivel de seguridad para aseverar algo tan íntimo con tanta certeza? , ¿Acaso la vida, con todos sus matices y tribulaciones, no exige —por más maestro que uno sea— un "yo creo" o un "así lo veo" como paso previo a lanzar un juicio?
El asunto me desagradó tanto que incluso consideré escribirle un correo a Epstein. Es evidente que no me aproximo a esta lectura como un lector pasivo; vengo saliendo de una experiencia decepcionante que resuena con lo que leo. Sé que la intensidad de mi reacción —la cual valido plenamente— proviene de esa vivencia personal.

El diálogo como bálsamo

Compartí estas inquietudes en un desayuno con mis amigas Pía y Carola, con quienes comparto años de práctica de yoga y meditación. Fue una conversación franca. Carola, que es psicóloga, me planteó que —al igual que en la psicoterapia— las palabras de un maestro pueden abrir caminos si quien las recibe está en una búsqueda activa de respuestas. Se produce entonces una alineación nutritiva que trasciende al personaje que las expresa. Esta perspectiva sirvió de bálsamo para mi rabia; me ayudó a abrir la "compuerta mente-corazón" que estaba cerrando con candados y a retomar la lectura con interés.

Sin embargo, la incomodidad no se despejó del todo.

La segunda revelación llegó hoy, desayunando con mi esposa, Patty. Hablábamos del caso de un amigo suyo cuya mujer atraviesa un estado de salud muy grave, y le comenté mis cavilaciones sobre la impermanencia y el "no hagas un drama de esto". Patty fue certera: "El problema es la forma altanera y agresiva de decirlo".

El Habla Correcta y el cuidado del otro

Ahí residía el punto. El libro trata sobre el Noble Octuple Sendero, que expone la visión y la motivación correctas, pero también el Habla Correcta. Quienes practicamos meditación aprendemos —no sin tropiezos— a observar desde la conciencia el momento en que nos vamos a expresar y la carga nunca neutra de nuestras palabras. Si verbalizamos algo desde el enojo, el orgullo egoico o la manipulación, ya estamos advertidos: solo queda asumir las consecuencias. 

El sentido de la práctica es intentar expresarnos desde la consideración y el respeto, de modo que la asertividad se despliegue con el cuidado del habla correcta.Como bien dice la maestra Pema Chödrön:

"Nada se va hasta que te haya enseñado lo que necesitabas aprender".
Seguramente debo seguir masticando mis dudas sobre el rol de los maestros y digiriendo mis propias amarguras experienciales. Pero, mientras tanto, se me aclara una convicción: es una contradicción esencial de la filosofía budista intentar dar un consejo o compartir una enseñanza sin dos elementos fundamentales:

La humildad: Para que lo expresado sea siempre una visión interpretativa y no un saber monolítico.

El cuidado: Para ofrecer la palabra con la delicadeza de quien no quiere dañar a un corazón que se abre.

Esto aplica a los "maestros", pero también a nosotros, facilitadores modestos de estas prácticas, y a cualquier persona que desee conectar compasivamente con otra sin pretender juzgar... tal como propone el título del mismísimo libro de Marc Epstein.

La importancia del tiempo en el Mindfulness

 

La importancia del tiempo en el Mindfulness

Esperar a que pase ese momento en donde afloran las emociones de forma intensa, porque a veces ese no es el tiempo indicado para dar una respuesta a conciencia. Desde la atención plena, lo que trabajamos es el darnos tiempo.

Darnos el tiempo de pensar en lo que estamos sintiendo y decir estoy sintiendo esto en este momento, ¿por qué? ¿valdrá la pena decir algo? o ¿será esta la mejor forma de decirlo? Al darnos ese tiempo, podemos tener una mente clara e ir directamente al punto que queremos. Nos expresamos mejor y podemos también comprender mejor al otro.

La atención plena es justamente eso, poner el foco en el momento presente, en la realidad.


¿Por qué tener una “Mente de Principiante”?

 

¿Por qué tener una
“Mente de Principiante”?

Aquí te cuento porqué es importante en el mindfulness.

Tal vez has escuchado este concepto en tus prácticas de mindfulness o en algún texto relacionado a ello. El día de hoy les quiero compartir esta reflexión que constantemente vuelve a estar presente y que nos recuerda el valor de estar dispuestos a nuevas perspectivas.

¿Qué quiere decir exactamente?
Este concepto se refiere a tener la disposición a no cerrarnos a lo que sabemos o creemos saber. A no poner límites, ya se por juicios o experiencias previas. La Mente de principiante es un llamado a siempre estar abiertos a nutrirnos, a tener nuevos aprendizajes y experiencias. A escuchar nuevas perspectivas.

La Mente de Principiante es tener una mirada amplia y no limitante.

¿Has trabajado la "mente de principiante"?


martes, 22 de septiembre de 2026

Fundamento de La Confianza en el Mindfulness

 

Fundamento de La Confianza en el Mindfulness

Les quiero compartir esta reflexión en torno al fundamento de la confianza, para entender por qué es uno de los pilares dentro de la meditación y la práctica de la atención plena.

Al entender a Jon Kabat-Zinn, vemos la confianza como un concepto que nos ayuda a no perdernos en el camino o en lo que la mayoría pueda creer o decir. Nos dice que confiemos en nuestras creencias y en lo que sentimos. Si algo no nos hace sentido o pensamos diferente está bien que así sea y podemos aceptarlo como algo válido.

Y es algo que tiene todo el sentido, ¿por qué deberíamos delegar en otro nuestro camino de vida?
El llamado aquí, es a hacernos cargo de nosotros mismos y no buscar en otro, lo que de manera innata yace en nuestro interior, porque de lo contrario no estaríamos haciendo mindfulness.

¿Les hace sentido? La conversación está abierta a quien lo necesite y si quieren seguir profundizando en los fundamentos del Mindfulness o están recién acercándose a esta práctica, les recomiendo leer el libro que menciono en el video, “Vivir la crisis con plenitud” del maestro Jon Kabat-Zinn.





Cuarto fundamento: Aceptación

 

Cuarto fundamento: Aceptación



"Aceptar las cosas como son" una frase que suena sencilla pero que en realidad no es fácil de hacer en el día a día. Aceptar que nuestras creencias y pensamientos, están bien y son nuestros, pero no son la realidad. Aceptar que cuando algo nos molesta es válido, pero no por ello tenemos que lastimar a otro.

Nuestra mente a través de la percepción que tenemos de las cosas siempre va generando juicios de toda índole y el llamado del mindfulness es a lograr ver a través de esas veladuras e identificar que aquello que hay más allá de nuestras expectativas o juicios, son las cosas como son.

El aceptar las cosas tal cual son, es un ejercicio que podemos poner en práctica cuando lo necesitemos y que sin duda nos ayudará a ver las cosas desde otra perspectiva.

¿Te gustaría aprender más sobre el minfulness? te invito a participar de mis clases gratuitas, todos los Miércoles del 2025 (excepto feriados) de 19:00 a 20:20 pm

➡Presencial

Dirección: Seminario 521, Centro ArtePaz, Sala 9, Providencia, Metro Santa Isabel.

➡Online vía Zoom

Contacto:

9 4407 5887

Mail:fluirchile@gmail.com

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